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Amigdalitis y fiebre alta, cómo actuar y cuándo acudir al médico

Noticia publicada por el Diario del Ferrol

No todas las infecciones de garganta son iguales. Algunas se resuelven con reposo y analgésicos, pero otras requieren atención médica. El doctor Andrés Fuertes, otorrino del hospital Ribera Juan Cardona, nos ayuda a entender la amigdalitis

Las amígdalas son dos pequeñas guardianas situadas al fondo de la garganta. Su función es defendernos de los virus y bacterias que entran por la boca o la nariz. Pero, a veces, en lugar de protegernos, se inflaman y se convierten en un problema.

La amigdalitis y fiebre alta suele deberse a infecciones virales —como las del resfriado o la gripe—, aunque en muchos casos el culpable es el Streptococcus pyogenes, una bacteria conocida como «estreptococo del grupo A».

Cuando esto ocurre, los síntomas se intensifican: el dolor de garganta puede ser tan fuerte que duele al tragar, la fiebre puede superar los 38º C y no es raro notar un cansancio general, ganglios inflamados en el cuello o ese aliento pesado típico de las infecciones.

Más allá del malestar, esta combinación de amigdalitis y fiebre alta puede afectar nuestra rutina diaria: hablar, comer o incluso dormir se vuelve incómodo.

Cuándo acudir al médico

“Hay signos que deben ponernos en alerta: una fiebre que no cede tras tres días, dificultad para tragar incluso la saliva, cambios en la voz o la sensación de ‘tener una bola’ en la garganta”, explica el especialista.

“A veces, una de las amígdalas se inflama más que la otra, o el dolor se irradia al oído sin que haya un problema auditivo real. Estos síntomas pueden indicar la presencia de un absceso periamigdalino, una acumulación de pus detrás de la amígdala que provoca fiebre alta, dolor intenso y, en ocasiones, dificultad para respirar. En esos casos, no hay que esperar: es una urgencia médica que puede requerir drenaje o incluso ingreso hospitalario”, indica el doctor Fuertes.

Tratamientos

Las indicaciones para el dolor de garganta dependen de la causa que lo provoque. Cuando se trata de una infección viral, lo principal es aliviar los síntomas: descansar, hidratarse bien, mantener la garganta húmeda y controlar la fiebre con analgésicos y antiinflamatorios.

Si el problema tiene un origen bacteriano, lo adecuado es iniciar un antibiótico específico, generalmente amoxicilina o penicilina, durante una semana o diez días, siempre bajo la prescripción de un facultativo.

La tentación de abandonar el tratamiento antes de tiempo es grande, sobre todo cuando uno empieza a sentirse mejor. Pero esa es precisamente una de las razones por las que las infecciones regresan. Terminar el ciclo completo evita recaídas y complicaciones.

Después de un episodio de amigdalitis y fiebre alta, el cuerpo necesita tiempo para recuperarse adecuadamente. Dormir bien, beber abundante agua, mantener una dieta equilibrada y evitar el tabaco son pequeñas acciones que ayudan a la recuperación.

“Además, se pueden incorporar otras medidas sencillas de prevención: lavarse las manos con frecuencia, no compartir cubiertos, tratar alergias o reflujo que puedan irritar la garganta y mantener un ambiente húmedo, sobre todo en invierno”, indica el otorrino del hospital Ribera Juan Cardona. Y aunque parezcan detalles, son los que marcan la diferencia para evitar recaídas.

Cuándo extirpar las amígdalas

“Esta decisión debe estar validada por un especialista. Suele indicarse cuando la amigdalitis y la fiebre alta se repiten tantas veces que afectan la calidad de vida del paciente”, indica el doctor Fuertes. “No hablamos solo de pasar unos días malos, sino de personas que viven con infecciones recurrentes, dificultad para descansar o ronquidos intensos por el tamaño excesivo de las amígdalas”.

Ignorar una amigdalitis y fiebre alta o automedicarse puede tener consecuencias. Una infección mal tratada puede extenderse a zonas más profundas del cuello, llegar al oído medio y provocar otras complicaciones. Por eso, la recomendación es clara: ante un dolor de garganta intenso y fiebre alta, lo mejor es no esperar. Un diagnóstico temprano evita sustos mayores.