03 Feb La estéril batalla sanitaria de Madrid

Diario Médico /

03/02/2014

 

 

Carpetazo y aquí no ha pasado nada y todo sigue igual. El consejero Javier Fernández-Lasquetty dimite, abrazos y brindis entre los amenazados por el infierno privatizador y promesas de diálogo y recomposición de la enconada situación de la sanidad madrileña.

 

La batalla sanitaria de Madrid ha concentrado la artillería nacional procedente, según una impresión bastante rudimentaria, de dos bandos opuestos: los públicos y los privados. Sería una lástima que éste fuera el resumen icónico que quedara de la disputa frenada por los tribunales y archivada por el Gobierno madrileño. La referencia a la “expropiación de lo público” que hizo el líder del PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba en una pirueta dialéctica que erizó los manuales de economía retrotrae el debate a esas épocas del Papá-Estado y Papá-Cajero que después de esquilmar limpiamente a los ciudadanos reparte los fondos como le apetece.

 

La simplificación, politización y judicialización del plan de externalización madrileño, por torpe que fuera su planteamiento, han enturbiado el necesario y más amplio debate de la siempre pendiente reforma sanitaria. El maniqueísmo dialéctico que se ha presenciado no se entiende en un sistema nacional de salud en el que más de la mitad de los 452 hospitales públicos españoles funcionan con fórmulas alternativas a la gestión directa, a través de concesiones, entes públicos, fundaciones públicas o privadas, consorcios, etc., habilitados por las leyes vigentes aprobadas por los partidos mayoritarios.

 

Hay un consenso bastante unánime en la calidad del sistema sanitario público y en los espléndidos servicios que brinda a los españoles, pero no hay que ocultar que, al margen de esas fórmulas de gestión alternativas, nueve millones de españoles pagan o disfrutan de una póliza sanitaria privada, entre ellos miles de funcionarios públicos, y existe una sanidad privada de gran calidad a la que el sistema público se ve a veces obligado a recurrir como válvula de escape para sus puntuales saturaciones y listas de espera.

 

Hay unanimidad también en que el sistema público tiene que reorganizarse para ser más eficaz, adaptarse a un futuro demográfico que va a ir aumentando su presión envejecedora sobre las camas y medios hospitalarios, incorporar los avances tecnológicos y farmacológicos que van surgiendo y esforzarse en una necesaria coordinación de recursos limitados.

 

La semana pasada el exconsejero vasco Rafael Bengoa precisaba que las reformas sanitarias tienen tres componentes: un paciente activo al que se forma para que use mejor los servicios y controle su enfermedad; la integración de cuidados, para hacer más en casa y en primaria y menos en los hospitales, y el impulso tecnológico para facilitar la atención a domicilio. Y añadía que hay que empresarializar el sector público para salvarlo, con una gestión más ágil. Todo ello requiere una estructura nueva que, lejos de reduccionismos maniqueos, aproveche todos los recursos disponibles con la mayor eficacia.



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